martes, 18 de agosto de 2015

Líderes para los argentinos

Hay tres hechos que indican que la mayoría de los argentinos aún eligen líderes que sean carismáticos, caudillistas y verticalistas. El primero tiene que ver con las elecciones en las provincias. Los resultados de Salta, Chaco, La Pampa, Córdoba, Corrientes y Santa Fe, por mencionar algunas, muestran que, lejos de reforzar la idea de que se busca otro tipo de liderazgo, más humilde y más cercano al ciudadano, los argentinos siguen eligiendo a políticos con características paternalistas. En ese sentido, el caso de Salta, es paradigmático. En la provincia del norte ganó Urtubey y, de esa manera, cuando termine su gobierno en 2019, habrá gobernado por 12 años. Derrotó a Romero, su antecesor, que también gobernó tres períodos. En síntesis: sólo dos políticos habrán gobernado Salta durante 24 años.


Otra hecho que marca la preferencia por líderes imponen sus decisiones en lugar de consensuarlas es la permanencia de los “intendentes eternos” en Buenos Aires. Los jefes municipales de los 24 partidos llevan en el cargo un promedio de casi nueve años y medio. En ese sentido se destacan Othacehé (en Merlo) y Curto (en Tres de Febrero), ambos con 24 años en su cargo, y Pereyra (en Florencio Varela), con 23 años como intendente. Muchos de ellos, además, impusieron a familiares o delfines políticos suyos y buscarán la reelección en octubre. Estos fenómenos también se darán en Tucumán, Formosa, Misiones y Santa Cruz.

El último tiene que ver con la elevada imagen que mantiene Cristina Fernández de Kirchner. Todas las encuestadoras coincidieron en que la Presidenta, luego de 12 años de gobierno (ocho como primera mandataria), supera el 50% de aprobación. En sus años de gestión, diferentes especialistas definieron el estilo de liderazgo de Cristina como el de alguien que impone más que escuchar, con un discurso confrontativo de tono de voz elevado y firme. Y como una mujer que “se pone los pantalones” para monopolizar el poder y controlar los aparatos, territorios y políticas clientelares. Una de sus últimas muestras de verticalismo fue cuando bajó a Randazzo de la carrera presidencial y ordenó al Frente para la Victoria apoyar a la fórmula Scioli-Zannini.   

En Argentina la excepción parece ser la Ciudad de Buenos Aires donde algunos expertos en liderazgo creen que la acotada victoria de Rodríguez Larreta ante Lousteau se debió a que muchos porteños castigan a los líderes que imponen a sus sucesores. Existe mucha teoría sobre el liderazgo político, pero hay una distancia entre lo que se escribe y lo que ocurre. En esa dirección, el que quiera conducir el país, deberá entender que las diferencias culturales inciden en los estilos de liderazgo. Así, una actitud autoritaria de un jefe comunal en la Capital, podría ser interpretada como descalificante y costarle la elección, mientras que la misma medida, en las provincias del Interior, podría ser vista como algo positivo y/o una muestra de un fuerte liderazgo.

Desde el PRO vienen promoviendo la construcción de un líder dialoguista y horizontal que fue creciendo en la intención de voto de manera permanente. En diciembre de 2013 Mauricio Macri no superaba los 10 puntos y hoy, para la mayoría de las encuestas no baja (sin contar los votos que podrían llegarle de ganar la interna del frente Cambiemos) de los 26. El 9 de agosto próximo los argentinos comenzarán a elegir qué tipo de presidente quieren para los próximos cuatro años. Deberán hacerlo entre líderes como los que aún predominan en la mayoría de las provincias, intendencias de Buenos Aires y en el gobierno nacional o buscar cambiar a uno parecido al que gobernó la Capital Federal durante los últimos ocho años. Existen grandes dudas si los argentinos, duramente golpeados por la crisis de 2001 y moldeados durante años bajo el paternalismo, estamos preparados para elegir líderes que emprendan lo que sería un cambio cualitativo o,como lo definieron algunos, un “cambio justo”. Sin embargo, en la Argentina tres meses es mucho, y el resultado está abierto.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Imparable: Carrió se suma a los que insultan en lugar de atacar

Dicen que las personas no cambian. Los políticos y Elisa Carrió menos. Hace un tiempo lo decíamos en la nota publicada en Perfil que llevó por título Atacar no es insultar

Elisa Carrió llamando imbéciles a los opositores; Gerardo Morales diciendo que Mariano Recalde es un cagón o Miguel Del Sel afirmando que Cristina Kirchner es una vieja chota e hija de puta. Todas declaraciones que fueron titulares de los medios, pero estuvieron lejos de traducirse en votos o en la simpatía de los electores. Esas afirmaciones, por el contrario, marcan un gran desconocimiento entre el qué y el cómo , decíamos .

Por estos días Carrió se mostró imparable. A fines de julio dijo para referirse a Daniel Scioli y Carlos Zanini que “la fórmula del Frente para la Victoria está compuesta por un imbécil y por un stalinista, son dos cajones de Hermino”.   

En su justificación la pre-candidata de Cambiemos recurrió a la definición de la RAE y se defendió en Twitter: "Según la Real Academia Española su significado es: débil de razón, escaso de razón. No es un agravio". 

Hoy dijo que "a Scioli lo van a matar para que el presidente sea Zannini" y agregó que "el kirchnerismo va a sacarse de encima al Gobernador cuando sea necesario".

Los políticos profesionales saben que no hay que manejarse por las pasiones, menos en estos tiempos donde se conoce al instante lo que se dice y se hace. En cambio, los políticos amateur insultan y suelen rodearse de amigos, familiares y políticos cercanos que fomentan y aplauden esas acciones con el solo objetivo de complacer a su jefe.